A hostias

Lo siento, hace mucho que no compro el argumento de que con educación podemos conseguir mejorar a las personas. Puede ser por muchos motivos, pero hay gente que, por el motivo que sea y con el bagaje cultural que posea, son unos auténticos personajes necesitados de hostias. Y no hablo de hostias físicas. Hablo de sanciones porque siempre he creído que la agresión física, salvo que sea totalmente imprescindible (y casi nunca lo es), debería estar desterrada de nuestro contexto.

Fuente: ShutterStock

Hay alumnos que no dejan dar clase y, por mucho que intentes dialogar con ellos, tampoco van a dejarte dar clase. Es la vida y, por desgracia, un docente no tiene el poder de intentar cambiar el contexto en el que se han criado. Algunos vienen jodidos de casa. Son carne de cañón por haber nacido donde lo han hecho. Lo siento mucho, hay pocos que se escapan de la quema. Demasiado pocos para mi gusto. Es lo que tiene una sociedad de mierda clasista donde existen leyes paralelas y, lamentablemente, demasiado asociadas a determinadas maneras de entender la sociedad. Bueno, algunos no viven en sociedad ni se espera que lo vivan. Y además alardean de ello. Tienen sus normas y, por eso, hay que obligarles a que cumplan las que permiten que exista convivencia.

No es culpa del sistema educativo. No es culpa de la LOGSE. Hoy, sin ir más lejos, ya he tenido mis palabras con uno en la calle que estaba dejando que su perro estuviera bebiendo a morro en las fuentes públicas en las que, un día sí y al otro también, se arriman los niños para beber. Era producto de la EGB porque no le echo muchos más años que yo. Eso sí, la pinta de personaje barriobajero se las traía. El problema es que vive en la misma sociedad que yo, usa los mismos recursos que yo uso, se beneficia de los mismos servicios y, por desgracia, no cumple las mismas leyes que cumplo yo. Ahí está la clave. En obligar a que todo el mundo pase por el mismo rasero (con independencia de su situación sociofamiliar o cultural). Y ayudar al máximo posible a aquellos que necesitan ser ayudados mientras, por otro lado, corremos a gorrazos (léase sancionamos) a aquellos que incumplen las normas que se han elegido para que todos las cumplamos. Un detalle, no estoy hablando de aspiraciones políticas. Estoy hablando de normas mucho más básicas de estar y compartir espacios públicos.

Ello me lleva a reflexionar acerca de si es necesario consentir todo tipo de situaciones en nuestras aulas. De si conviene ser permisivo o aplicar políticas de tolerancia cero. De si debemos de disculpar determinadas conductas por “venir algunos de dónde vienen”, convirtiendo esa tolerancia en un arma de doble filo en su futuro. Un futuro en el que todos deberán tener las mismas normas para vivir y convivir con otras personas.

Estoy preocupado porque cada vez veo más cosas, a nivel social, que son producto del pasotismo de muchos, de la desidia de otros y de la permisividad de terceros. Las personas solo aprendemos que algo está mal si nos educan para ello. Y educar tiene su parte dura. Quién sabe si no estaremos perdiendo parte de la sociedad por la permisividad de “conductas de baja intensidad”. Quién sabe si el problema es no saber decir un no a tiempo. Quién sabe si, al final, lo que hacemos con toda la buena fe posible, no acaba convirtiéndose en algo que nos explota en los morros.

Finalmente solo decir que, por desgracia y seamos más o menos tolerantes, toda acción tiene sus consecuencias. O, al menos debería tenerlas porque, o se sanciona al que, después de avisarle de forma reiterada que desista en sus actitudes, sigue haciéndolo o, al final, la situación se nos puede ir de las manos.

Me gustaría remarcar que no estoy hablando de política y sí del día a día de muchas ciudades y espacios públicos. También de las aulas y de lo que sucede en ellas. Así que ahorraos cualquier extrapolación interesada.

No me apetece volver a dejar en manos de Google y sus anuncios el mantenimiento del blog. Así que si os apetece colaborar en mantener esto, ya sabéis…Buy Me a Coffee at ko-fi.com

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